Seis técnicas disparatadas de los médicos del pasado

La de los médicos es una de esas profesiones que evidencian la importancia de los avances científicos a lo largo de la historia. Su trabajo siempre ha sido velar por la salud de sus pacientes. Sin embargo, en el pasado lo hacían a través de algunas técnicas que podrían haber supuesto más perjuicio que beneficio. Curiosamente, algunas han llegado a nuestros días a pesar de su ineficacia. Es el caso de la homeopatía. En cambio, otras son tan descabelladas que, por suerte, se quedaron en el pasado.

Ya que hubo una época en que muchos médicos eran religiosos, era bastante común que tiraran de amuletos o salmos para tratar multitud de enfermedades. Esto, lógicamente, es aplicable a cualquier religión, aunque especialmente a la católica. De hecho, los médicos pertenecientes a otras religiones estaban más al día de los avances científicos. No hay más que ver el caso de la medicina islámica, que introdujo conceptos muy importantes, algunos vigentes hoy en día.

¿Pero cuáles eran esas técnicas tan curiosas como inútiles que empleaban algunos médicos del pasado? Es bien conocido el caso de las sangrías, pero hay muchísimos más. Estos son algunos ejemplos.

Bueno, empecemos por las sangrías

En realidad, aunque sea la más conocida, no se puede hablar de barbaridades de los médicos del pasado sin comentar el caso de las sangrías.

Son muy conocidas las que se realizaban en la Edad Media, pero en realidad son bastante más antiguas. De hecho, hay evidencias de que ya se realizaban en el Antiguo Egipto. Se cree que los médicos de esta época llegaron a la conclusión de su supuesta utilidad al observar a los hipopótamos. Estos animales tienen sudor de color rojo, pero los galenos pensaban que era sangre que ellos mismos se sacaban cuando se encontraban enfermos. Por lo tanto, siguiendo la premisa de que la naturaleza es sabia, se procedió a sangrar a las personas que tenían cualquier dolencia.

Más tarde, en la Antigua Grecia, se desarrolló la teoría de los cuatro humores. Esta se sustentaba en que los seres humanos contienen cuatro humores, consistentes en la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla. Supuestamente, todas las enfermedades se debían a desequilibrios en estas sustancias, por lo que había que intentar compensarlos. Hipócrates pensaba que las mujeres menstruaban una vez al mes para purgar sus malos humores, por lo que pensó que realizar sangrías podría ser una buena idea. Le siguieron otros médicos y finalmente esta se convirtió en la técnica más común para tratar todo tipo de patologías.

Se pasó de usar herramientas, como la lanceta, a pasar a un ser vivo experto en sangrías: la sanguijuela. Estos animales se colocaban sobre la piel de los enfermos y, gracias a las sustancias anticoagulantes de su saliva, eran capaz de extraerles grandes cantidades de sangre, sin esfuerzo para los médicos. Había algunos pacientes que morían, pero no se pensaba que fuese por la sangría, sino simplemente porque estaban demasiado mal.

Afortunadamente, los avances de la medicina llevaron a que con el tiempo algunos médicos comenzaran a oponerse a esta técnica. Sin embargo, otros muchos siguieron fieles a la medicina tradicional. De hecho, hoy en día existe una terapia, conocida como hirudoterapia, que se basa aún en colocar estos animales sobre el cuerpo de los enfermos para tratar diversas condiciones, pero sobre todo para paliar el dolor. Esta está considerada una pseudoterapia, que además está poniendo en peligro a Hirudo medicinalis, la especie de sanguijuela que supuestamente tiene estas propiedades curativas.

Cabe decir que en algunos lugares sí que se ha llegado a usar en intervenciones quirúrgicas, precisamente por su papel como anticoagulante. Para esto sí que se han encontrado algunas evidencias científicas. No obstante, existiendo otras opciones, está totalmente desaconsejado por la mayoría de expertos.



Médicos que curaban con la Luna

A finales del siglo XVIII, un fabricante de calcetines que se hacía llamar así mismo como el doctor Weisleder, difundió un supuesto tratamiento para todo tipo de dolencias. Era tan simple como colocarse bajo la luz de la Luna mientras él pronunciaba un conjuro específico.

La gente podría haber desconfiado de su profesión, pero lo cierto es que no era una época en la que se diese mucho valor a las credenciales de los médicos. Por eso, el hombre solía desplazarse por Berlín buscando nuevos pacientes a los que instruía sobre cómo debían curarse. Todo dependía de la parte del cuerpo que estuviese enferma. Ya fuese el brazo, la pierna, la cabeza o la garganta, debía estar bajo los rayos lunares mientras él emitía las palabras mágicas. El tratamiento debía hacerse tres noches consecutivas mientras la luna estaba en su primer trimestre. Y, según la gravedad, a veces había que volver a repetirlo pasados varios meses. 

Por eso, si la dolencia no era grave, en este tiempo se habría curado por sí misma. Si era demasiado mala, puede que muriera, pero era supuesta medicina, no un milagro. De este modo, el doctor convencía a sus pacientes de que realmente su tratamiento funcionaba. Todo esto puede parecernos muy disparatado. Y de hecho lo es, pero no olvidemos que este tipo de timos siguen existiendo hoy en día. Por ejemplo, suele decirse que con homeopatía una gripe tarda siete días en curarse. Sin homeopatía una semana. Esto es exactamente lo mismo.

Elixires radiactivos

Tras el descubrimiento de la radiactividad, hubo una época de fiebre y obsesión por ella que terminó de la peor manera. Se desarrollaron todo tipo de productos radiactivos, desde pastas de dientes hasta pintura para las esferas de los relojes, pasando por todo tipo de elixires para tratar multitud de dolencias.

Es bien conocida la historia de las chicas del radio. Estas eran un grupo de jóvenes que trabajaban en una fábrica, pintando los números de relojes que brillaban en la oscuridad gracias a pintura radiactiva. Para afinar el pincel, solían humedecerlo entre los labios, hasta el punto de que solía decirse que brillaban cuando salían del trabajo.

Como es lógico, con el tiempo empezaron a enfermar una a una, muriendo con mucho sufrimiento. Las pocas que lograron vivir lo suficiente iniciaron un proceso judicial para que se declarara como enfermedad laboral lo que les había ocurrido. Fue duro, pero al final lo consiguieron. Y, además, se vio el peligro del radio, así como otros elementos radiactivos, por lo que dejó de usarse como ingrediente para casi todo.

Entre esos elixires a base de sustancias radiactivas se encontraba Radithor, un medicamento compuesto por agua destilada con al menos un microcurie de los isótopos del radio 226 y 228. Se vendió desde 1918 hasta 1928, ofertándose para multitud de patologías, pero sobre todo para la impotencia sexual.

El elixir cayó en desgracia por el final de uno de sus mayores consumidores, el empresario y golfista aficionado Even Bryers. El hombre lo compró inicialmente para tratar una dolencia en el brazo, que finalmente se acabó recuperando. No obstante, había quedado tan prendado de este elixir que siguió tomándolo sin motivo aparente durante tres años. Pasado este tiempo, se había acumulado tal cantidad de radiación en sus huesos que le salieron agujeros en el cráneo, se le cayó la mandíbula y murió entre terribles sufrimientos.

Transfusiones de animales a humanos

Es cierto que la luz de la Luna y los elixires radiactivos eran más bien cosas de charlatanes. No obstante, ya hemos visto que la línea que les separaba de los médicos a veces era un tanto difusa.

Pero incluso los galenos profesionales realizaron algunas técnicas que hoy resultan extremadamente disparatadas. Por ejemplo, está el caso de las transfusiones de animales a humanos.

Lo que hoy en día nos parece descabellado, en su momento era algo muy común por desconocimiento sobre inmunología, genética y unas cuantas disciplinas más. Se pensaba que se podía transmitir también el temple o el carácter de los animales a través de la sangre. Por eso, en el siglo XVII un médico llamado Jean-Baptiste Denis inyectó sangre de un ternero a un hombre que sufría ataques de cólera. Supuestamente, le transmitiría la quietud del animal. Pero lo que casi le transmite es la muerte, aunque increíblemente sobrevivió tras varios días terriblemente enfermo.

Otros médicos no transfundían sangre, pero sí que trasplantaban órganos de animales a humanos. Es el caso del famoso Monkey Jones, quien quiso revertir el envejecimiento implantando testículos de mono a humanos. 

La historia del médico que causó muerte por laxantes a sus pacientes

Otro caso peculiar es el de un médico llamado James Morrison, que en el siglo XIX llegó a la conclusión de que las sustancias laxantes podían curar todo tipo de dolencias.

Desarrolló esta hipótesis experimentando consigo mismo. El problema es que su patología era el estreñimiento y, como es lógico, sí que se curaba con laxantes. Pero él pensó que en realidad defecar en exceso ayudaría a las personas a limpiarse de todo mal. Por eso, comenzó a fabricar sus laxantes caseros para tratar a pacientes de afecciones como la viruela, un aneurisma, amputaciones o (sorpresa) la diarrea. 

Consideró su idea tan buena que incluso puso a la venta unas píldoras para defecar que se hicieron muy famosas. En ningún momento detalló la dosis, por lo que quienes estaban muy enfermos consideraron que tomando muchas se recuperarían más rápido. Y esto, como es lógico, les causó tal descomposición que en muchos casos les llevó hasta la muerte.

Muertos que curan (supuestamente)

Si había médicos que pensaban que el carácter de los animales se podría transmitir a los humanos a través de la muerte, no es raro pensar que otros creyesen que se podría hacer lo mismo con muertos humanos. Al fin y al cabo, no había que cambiar de especie.

Por eso, se usaron restos de cadáveres para preparar todo tipo de brebajes. Entre ellos, por ejemplo, destacaban los jarabes afrodisíacos elaborados con el hueso pulverizado de buenos amantes. Incluso las ropas de los fallecidos se usaban para tratar todo tipo de dolencias.

El único problema es que no hagamos caso de los avances

Todos estos son solo unos pocos ejemplos de algunas de las atrocidades que cometían los médicos del pasado. Pero eso no significa que fuesen malos profesionales. Quitando algunos charlatanes vendehúmos, lo cierto es que muchos buscaban el beneficio de sus pacientes, con las pocas herramientas de las que disponían.

Hoy en día la ciencia en general y la medicina en particular han avanzado muchísimo. Por eso, podemos estar muy orgullosos del punto al que hemos llegado y todo lo que nos queda por alcanzar. No obstante, aún hay personas que siguen intentando hacer pasar por medicina lo que ya desmintió la ciencia. Ocurre con medicina tradicional de otros países, como la acupuntura china, o con farmacología de siglos pasados, como la homeopatía. Debemos aprender de los científicos del pasado, pero también dejar ir lo que ya sabemos que no funciona. Así es como mejora la medicina y como avanzan las sociedades. Hemos adelantado mucho, pero todavía podemos hacerlo mejor.

Azucena Martín

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